En oración hablo a Dios y me contesta con preguntas. Tantas peticiones haga, tantas preguntas me formula. Y si pregunto algo también me pregunta.
— Señor, dame la solución a este conflicto interno de creerme limitado.
:— ¿Acaso pueden ser limitada tu capacidad cuando Soy Yo quien te acompaña?
:— ¿Acaso pueden ser limitada tu capacidad cuando Soy Yo quien te acompaña?
— Dame, fuerzas Señor, ayúdame a levantarme en esta dificultad económica.
:— ¿Has dejado de comer un sólo día?
:— ¿Has dejado de comer un sólo día?
— No Señor, gracias a tu providencia.
:— ¿Entonces cómo levantarte si no has caído porque yo te levanto de la mano cuando flaqueas?
— Enséñame a tener una fe más fuerte para superar mis límites.
:— ¿No es así cómo un hombre mide su fuerza levantando una y otra vez pesadas cargas hasta que ésta le resulta liviana?
:— ¿No es así cómo un hombre mide su fuerza levantando una y otra vez pesadas cargas hasta que ésta le resulta liviana?
— Sí entiendo como en el gimnasio.
:— ¿Pasarán las dificultades de este tiempo y cumplirás lo que me has prometido?
— ¿No es del tiempo avanzar ni Mía la virtud de cumplir los pactos acordados?
:— Tuyo es el poder de hacerlo todo, Señor. Amén.
Avanzando en mi encuentro, clamo por ayuda, recibo respuesta inmediata. El duelo se va. Me elevo en una ligera sensación de ser un yo engrandecido por la fuerza Del que me acompaña.
Soberbio ante las dificultades de las ideas distorsionadas: "no podré", "algo me falta", "estoy solo". Miedos enormes que me frenaron como muros se transparentan con mi oración.
Oro y avanzo. Contemplando desde un punto alto la inmensidad que me rodea y mi pequeñez. Aguerrido puedo ver todo. Todo lo que el Sol que me enardece ilumina en el camino de la fe.